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6.14.2010

La nueva ley

Arbusht'o entró al consejo con seis escoltas armados con lanzas y cuchillos. No era la costumbre. Los ancianos del consejo vieron la entrada del líder con suspicacia. Todos tenían tazas de café y el olor llenaba la casa de los consejos.

Cuatro sirvientes instalaron una enorme silla y Arbusht'o se sentó. Tampoco era la costumbre: los mamames solían sentarse en el suelo con los ancianos. Se escucharon murmullos, pero Arbusht'o los acalló con la mirada.

"El café, dijo sin preámbulos, es la peor bebida. El café causa problemas de digestión, quita el sueño y pervierte a la juventud. No hay peor veneno que el café y por lo tanto, a partir de hoy lo declaro prohibido. Los campos de café serán quemados y aquel que sea sorprendido plantando café, vendiéndolo o bebiéndolo será encarcelado y desterrado a los atolones."

Nada de esto era parte de la costumbre. Las sesiones del consejo eran para discutir largamente cada tema, ver los pros y los contras, ofrecer las resoluciones a los dioses y después, mucho después, llegar a conclusiones. Por lo general, no se cambiaba nada, a los ancianos no les gustaba cambiar nada, a menos que hubiera una circunstancia de emergencia.

Y ahora, el mamame, el jefe militar, el temido colonizador de todas las islas de la periferia, llegaba con soldados y ordenaba. Nada de esto era la costumbre y a los ancianos no les gustaba. Ellos le habían dado todo el poder del ejército y ellos podían quitárselo. Pero nadie se atrevía ahora a cuestionar su poder.

Los ancianos se miraron atónitos: todos eran lugartenientes y todos plantaban café. Varios se llevaron su taza de café a los labios, sin entender muy bien las palabras del mamame. Otros empezaron a murmurar, mirando de reojo al mamame, sus escoltas y sus tazas.

El café era la bebida nacional, la que los despertaba en la mañana, la que los reunía a mediodía, la que prolongaba la sobremesa después de comer. Era la bebida divina, la que se ofrecía a los dioses, la que se tomaba en los consejos, la que permitía invocar a los dioses toda la noche en los días festivos.

Arbusht'o hizo una señal a sus escoltas y éstos se acercaron a cada uno de los ancianos. Tomaron una a una las tazas y las fueron vaciando sobre el suelo de tierra. Los ancianos miraban asustados.

Lleno de un sentimiento de injusticia Papa’o, uno de los ancianos más valientes, se paró al centro de la casa de los consejos:

"El café, dijo, es la bebida del archipiélago, el grano que mantiene nuestra economía, la bebida ofrecida a los dioses. Todos aquí plantamos café, consumimos café, nos reunimos alrededor del café. Esa prohibición es ridícula y sólo va a traer el mal a nuestra isla."

Algunos se atrevieron a asentir, pero la mayoría estaba muda.

Arbusht'o lo miró fríamente. Era el jefe de esa isla y de todas las islas y atolones circundantes. No había guerrero más poderoso, no había líder más carismático, no había nadie más temido y respetado. Todos los soldados lo obedecían y su palabra era la ley. No se iba a enfadar con un anciano respondón.

“No tengo la obligación de responder ni de dar explicaciones. Tuve un sueño, un sueño inspirado por los dioses, un sueño que sólo los mamames podemos tener. Vi a la juventud enloquecida, cansada, iracunda destrozando todo a su paso. Vi muerte, enfermedad y desolación. La causa: el café. ¿Voy a desobedecer un sueño inspirado, un sueño premonitorio, un sueño divino, un sueño aleccionador? Señores, les voy a pedir que vayan a sus casas y que incendien ustedes mismos sus plantíos. El mal tiene que ser desterrado hoy mismo. Los emisarios están listos para dar la buena nueva al archipiélago entero. Todo mundo deberá observar la nueva ley a partir de hoy.”

Se levantó y salió de la casa de los consejos acompañado de sus escoltas, sus sirvientes y su trono.

Los ancianos se quedaron mirando unos a otros, pero enseguida empezaron a salir, dirigiéndose a sus campos.

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