En medio del océano, aparece un archipiélago. Una isla domina en tamaño: Usame. Muchas islas de menor tamaño y varios atolones rodean Usame: el archipiélago de Usame.
Como si la geografía determinara la política, Usame reina suprema, en todos sentidos, sobre las islas circundantes. Cualquier cosa que se decide en Usame debe y tiene que llevarse a cabo en las demás islas, sea o no capricho.
De esto se trata esta historia.
Una mañana fresca (porque había llovido durante la noche), el mamame de Usame, el controvertido y temido Arbusht’o, se levantó inspirado.
Muchas ideas habían poblado esos momentos entre el sueño y el despertar.
Se levantó temprano, se abrigó, salió de su casa de madera que daba directo sobre la playa, pasó junto a sus escoltas que dormían al lado de sus lanzas.
El sol aún no salía, pero empezaba a clarear. Se escuchaban ya algunas aves tempraneras y se olía el café que preparaban las abuelas madrugadoras.
El café había sido la bebida nacional de Usame desde aquel tiempo lejano en que náufragos árabes trajeron las primeras semillas. La historia era tan antigua que se confundía con la leyenda. Aquellos náufragos eran adorados como dioses que bajaron del cielo y trajeron la bebida divina.
Arbusht’o prendió una fogata, molió y tostó unos granos de café, hirvió agua y le añadió los granos recién tostados. Disfrutó muchísimo esa primera taza del día que lo ayudaba siempre a terminar de despertar. Salía el sol y el piar de los pájaros era casi ensordecedor. Toda la isla olía a café.
Arbusht’o, el único mamame de Usame, se dijo que era la última vez que tomaba café fuera de su casa, era la última vez que toda la isla olía a café: había decidido prohibir el café.
6.14.2010
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