I rewrote the beginning of my novel—The Islands—to follow closely the original plot. I still have to work on style, humor—there is none--, characters, and maybe I will rewrite this chapter later as the novel progresses. For now it is ok.
Changes: the council elders are not landowners. They do not plant coffee. Coffee is planted in Xicome, a smaller island, which trades its coffee for Usamean products. There is interdependence between both islands, based most of all on coffee, and the prohibition will disrupt the relationship.
Arbusht’o gives a longer speech, starting by the dream he had about the gods ordering him to stop trading and drinking coffee.
The elders are more restless at the words of Arbusht’o, and also more critical, but Arbusht’o uses both sly persuasion and latent threats.
Arbusht’o sees the need to increase the weaponry, and “asks” the elders for a contribution.
Papa’o is a rich merchant who opposes Arbusht’o but for now he will have to cooperate.
Sorry, this chapter is in Spanish.
La nueva ley (capítulo vuelto a escribir)
Arbusht'o entró al consejo con escoltas armados con lanzas y cuchillos. No era la costumbre. Muchos de los ancianos del consejo vieron la entrada del líder con suspicacia y temor. Unos ni cuenta se dieron: dormían y roncaban. Otros no veían nada porque tenían cataratas o estaban totalmente ciegos. Todos tenían tazas de café y el olor llenaba la casa de los consejos.
Cuatro sirvientes instalaron una enorme silla y Arbusht'o se sentó. Tampoco era la costumbre: los jefes militares, llamados mamames, solían sentarse en el suelo con los ancianos. Se escucharon murmullos, pero Arbusht'o los acalló con la mirada. Se aclaró la garganta, se puso de pie, miró enhiesto a los que todavía hablaban, esperó a que el silencio reinara en la sala de los consejos y tomó la palabra:
“Tuve un sueño, un sueño inspirado por los dioses, un sueño que sólo los mamames podemos tener. Vi a la juventud enloquecida, cansada, iracunda destrozando todo a su paso. Vi muerte, enfermedad y desolación. Vi a Usame en fuego, las familias deshechas, la sociedad enferma. En medio de la tormenta, la enorme figura del dios del viento apareció rodeada de relámpagos. Me incliné ante su presencia todo penetrante y pregunté con humildad: ‘O, gran dios, ¿qué hemos hecho? ¿Por qué tanta destrucción, tanto mal? ¿Qué podemos hacer para impedir la ruina de nuestra patria?’”
Arbusht’o interrumpió su discurso para mirar alrededor y ver si los ancianos lo seguían. A parte de uno que roncaba plácidamente y los sordos a los que se les tenía que repetir gritando las palabras del general, la mayoría estaban atentos. Los vecinos codearon al dormilón quien despertó sobresaltado.
Arbusht’o continuó:
“El dios del viento me miró desde lo alto y dijo: ‘Usame está enferma porque tiene un vicio. Muy pronto la juventud enloquecerá, las familias se separarán y la sociedad se destruirá. El mal es un veneno que todos en Usame aman y creen inocuo; se reúnen para consumir este veneno y lo ofrecen a los dioses. No se dan cuenta de lo que están haciendo. Quizás ya es demasiado tarde y no se pueda hacer nada. Por mucho tiempo, este veneno ha estado presente, corrompiendo, enfermando y todos lo ven como algo normal. Si no puedes erradicar este veneno, los dioses tendremos que destruir Usame. Los dioses no pueden seguir esperando’.”
Arbusht’o volvió a interrumpir su discurso. Esperó a que todos los sordos hubieran escuchado. Uno de ellos, al comprender al fin, preguntó sobresaltado: “¿Veneno? ¿Cuál veneno?” Se llevó su taza de café a la boca, picado y esperando la respuesta.
Los demás ancianos también querían conocer el desenlace: por más que repasaban en sus cabezas no podían imaginar a qué veneno se refería Arbusht’o. Comenzaron todos a preguntar: “¿Veneno? ¿Cuál veneno?”
“Danos la respuesta, pidieron preocupados, ¿cuál es ese veneno que los dioses quieren extirpar?”
Arbusht’o tomó la taza de café de un anciano y dijo con voz apesadumbrada: “Un veneno que todos amamos, que hemos consumido toda la vida, que creíamos de origen divino, que hemos ofrecido a los dioses; un veneno que nos levanta al amanecer, nos reúne a mediodía y tomamos antes de irnos a acostar. Ese veneno es la bebida nacional de Usame: el café.”
Todos se quedaron mudos, hasta los sordos, que comprendieron todo cuando Arbusht’o derramó el café sobre el suelo de tierra. Después del silencio y la sorpresa, prosiguió:
“Yo también me quedé atónito cuando el dios me comunicó la verdad. Hice muchas preguntas, pedí clemencia, pero el dios había dicho su palabra y las palabras de los dioses no se cuestionan. Mi pregunta ante el consejo es la siguiente: ¿Voy a desobedecer un sueño inspirado, un sueño premonitorio, un sueño divino, un sueño aleccionador? Señores, el mal tiene que ser desterrado hoy mismo. Los dioses han hablado, nos han advertido y seríamos necios si no hiciéramos caso. El café debe ser prohibido. Pero soy respetuoso de lo que decida el consejo. No quiero que mi poder sobre el ejército y la fidelidad de mis soldados influyan en su decisión. Ustedes tienen la última palabra.” Terminó mirando fría y calculadoramente a cada uno de los ancianos, y al mismo tiempo sonreía con una sonrisa fija. Se sentó y espero la reacción del consejo.
Papa’o, uno de los ancianos más fuertes y vigorosos, conocido por haber sido un soldado valiente y ahora uno de los comerciantes más ricos pidió la palabra.
"No dudo de las señales de los dioses, dijo, pero tenemos que decidir como hombres. El café es la bebida del archipiélago. Todos aquí consumimos café, nos reunimos alrededor del café. Esa prohibición sólo va a traer el mal a nuestra isla y a nuestros vecinos. Hay islas en los alrededores que viven de la cosecha del café, ¿qué van a hacer si lo prohibimos? Nos vamos a enfrentar a una rebelión dentro y fuera de la isla, la gente no lo va a tomar de buen modo. Antes de decidir si el sueño de nuestro mamame debe ser tomado como advertencia o sólo como consejo, antes de llegar a una conclusión, debemos analizar detenidamente todas las posibilidades.”
Arbusht’o no se inmutó. Estaba preparado para todas las críticas.
“No se trata de una idea humana sino divina. Yo no inventé nada, sólo les estoy comunicando las palabras de los dioses. Yo, como ustedes, siempre he amado el café. Siempre lo he considerado una bebida divina. Pero las órdenes de los dioses no se discuten. Los dioses dijeron más: ‘El café, dijeron, es la peor bebida. El café causa problemas de digestión, quita el sueño, pervierte a la juventud, desune a las familias y destruye la sociedad. No hay peor veneno que el café. Usame va a recuperar su juventud, su salud, su sueño cuando el café sea desterrado’.”
6.20.2010
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