
La partida
Por Mozko Nauta
Tomó su café, fumó un cigarrillo, hizo aros con el humo, echó las cenizas en el cenicero, sin mirarme; se puso su impermeable, tomó su maleta y se fue bajo la lluvia, sin mirarme, sin hablarme. Con la cara en mis manos lloré.
Me dejó en ese cuarto vacío y frío, ¡el muy cabrón! Como si no fuera suficiente con ser invadidos, que escaseen los víveres, que el invierno sea más frío, que la guerra nos viole. Además, no lavó sus platos antes de largarse.
Seguro se fue con la enfermera. Muy linda y muy ladrona. Se hizo mi amiga y luego me dio sus medicinas. Primero me dejó muda. Luego siguió con somníferos y cada vez que despertaba, ¡una joya menos!
Vi cómo vaciaban el apartamento: se llevaron mis muebles, mis tapetes, mis espejos, las cortinas y hasta el perro. Pasaban sin mirarme, sin hablarme.
Entre los dos lo planearon todo. ¡Mejor me hubieran entregado a los alemanes!
¡Lo quise tanto a mi Jacques!
Recuerdo fragmentos de su infancia. A veces decía:
- Me voy, mamá. Me voy con mi papá.
- Claro que sí –le respondía– aquí están tus maletas. ¿Sabes cómo llegar con tu papá?
Entonces, ese niño pequeño se sentaba en el piso, cruzaba los brazos y miraba hacia abajo. Consolaba a mi Jacques, guardábamos sus maletas, lo abrazaba cantando A la claire fontaine u Au clair de la lune y por el momento se le olvidaba su papá.
A veces trataba de explicarle lo de la guerra, las trincheras, pero era muy pequeño, no quería entrar en detalles. Cuando nos enteramos de la muerte de su padre, se lo pinté como un héroe que nos miraba y cuidaba desde el cielo.
Desde mi cama de enferma los escuchaba retozar. Lo hacían en todo el apartamento. Creían que no los escuchaba. Ella jadeaba como si la estuvieran matando. Me quejaba para interrumpir sus juegos y ella regresaba a mi lado acomodándose la ropa y peinándose.
¡Que se pudran en el infierno las enfermeras ladronas!
Muda y abandonada voy a morir. Dentro de unos días, los vecinos de abajo verán un líquido viscoso y apestoso goteando por el techo.
Un momento, me pareció ver una sombra por el hueco de la puerta.
- ¿Se acuerda de mí, madame Prévert?
Asustada y con los ojos bien abiertos lo observo. Busco en lo más profundo del cajón de los recuerdos y logro traer de la oscuridad un nombre.
- ¿Monsieur Goriot?
- El mismo, madame. Usted disculpará que haya irrumpido inesperadamente, pero estuve esperando un buen rato y como veía que no salía, pues decidí entrar a buscarla. ¿Nos vamos?
- Pero, señor, si yo no voy a ningún lado, voy a quedarme aquí a esperar la muerte. Además, estoy completamente paralítica.
- ¿Ha intentado moverse?
Pero qué pregunta, como si yo misma no supiera que no me puedo mover.
- Está bien, señor mío, le mostraré que no soy capaz ni de darme vuelta en la cama.
No sé cómo, pero estoy empezando a desplazarme.
- Lo ve, se puede mover a la perfección. Andando, salgamos de aquí.
Todo está igual que la última vez. En las escaleras, el frío barandal de hierro oxidado con la pintura negra carcomida, el piso de madera con sus hoyos y termitas, el yeso de las paredes abombado por la humedad. Bajo las escaleras con cuidado.
Veo a Rose, la vecina, y quiero contarle mis males.
“¡Hola, Rose!”
Pero ella no me responde. Nos cierra la puerta en las narices. ¡Cabrona!
Salimos a la lluvia. Se nos acercan unas sombras. Empiezo a reconocer caras. Me da la impresión de que llegan de lo más lejano de mi pasado, como muertos de ultratumba: Víctor y Cosette que siempre marcharon a mi lado en las manifestaciones. Hacía años que no los veía. También me saludan Honoré y Esther, los grandes platicadores con los que pasé gratos momentos alrededor del vino y el queso. Se acercan mis queridos amigos Gustave y Emma; mi memoria falla, creí que Gustave había muerto en las trincheras con mi Jacques, hace 25 años. Dudo de mí misma, ¿será esto un sueño?
Trato de contarles mis penas, pero todos están muy alegres y no me escuchan. Me abrazan y me besan cálidamente. Me siento acogida. Termino callándome. Suena un acordeón melancólico a lo lejos.
Se junta un grupo de alegres vejetes. Me doy cuenta de que París es bello bajo la lluvia. No tenemos rumbo, sólo paseamos sobre la grava del parque del Luxemburgo, con sus hojas muertas y su olor a tierra mojada. Desde ahí, el Panteón se ve nostálgico, borroso detrás de su cortina de lluvia y de ramas pelonas. Olvido mis males.
Vemos las patrullas de soldados alemanes pidiendo los papeles en los retenes. Hay tanques, camiones militares, perros y soldados, muchos soldados por todas partes. Pero nuestro grupo de vejetes sigue caminando alegremente sin ser detenido sobre el bulevar Saint-Michel. Llegamos al cementerio de Montparnasse y lo veo extrañamente iluminado.
El señor Goriot me toma de la mano y me sonrojo como una quinceañera. Me lleva hacia un hombre que espera con su sombrero de lado bajo un farol. Un acordeón llora en la esquina.
Me sorprendo al verlo. Me sonríe. Se ve más vivo que nunca. Es mi Jacques, mi marido. Entonces comprendo.

Los últimos momentos de una viuda narrados en pasado y su muerte en presente. Una consciencia que narra. Un cuento bien llevado con el uso de los tiempos. Mi única reserva es que una madre no diría de si misma:" ¡Ese tipo de cosas que le cuentan las mamás a sus hijos!"
ResponderEliminarPor lo demás el cuento me parece bien narrado y aunque puede parecer confuso mientras se lee, al final todo cae en su sitio. Buen cuento.