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12.08.2010

Microficciones y ocurrencias, 8 dic 2010

La casa se hundía en el lago. Por suerte, los títeres sabían nadar. Parecía el fin del mundo desde la avenida embotellada que Pierrot sostenía. Le dio un sorbo al té y se paró de manos sobre la cama, con una aceituna en la boca. Parecía una balsa en medio del mar y los jeans que flotaban eran algas azules. Un helicóptero los rescató.

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La conocí de niño y siempre fue vieja. La última vez que la vi, tenía unas ojeras profundas y una tez tan pálida que le calculé seis meses. Pero hela aquí, rezando con las mujeres y echando un puñado de tierra sobre mi tumba.

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Miguel Hidalgo forzó la cerradura, subió las escaleras e hizo sonar las campanas. Gritó: "¡La revolución ha llegado!" Media hora después le pusieron la camisa de fuerza y lo metieron a la ambulancia.

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El sueño de Arcelia se zambulló en el estanque. ¿Sería pájaro o ángel? Le quedó la sensación de falta de suerte; vio la imagen en blanco y negro, como radiografía de sus miedos y deseos. El estanque se convirtió en jaula: el sueño quería liberarse.

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Marcharemos desnudos sobre la avenida más importante para exigir el derecho constitucional a ser narradores omniscientes.

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Silogismo del mexicano feliz:
Trabajaré sólo cuando haga falta.
Viviré la vida como si nada hiciera falta.

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Le conté todas mis penas al psicoanalista. Guardaba un silencio sardónico, así que voltee: estaba reprimiendo la risa.

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